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Diferencia entre la máscara de controlador y la máscara del rígido.

  • Foto del escritor: Angélica María Fernández Diéguez
    Angélica María Fernández Diéguez
  • 8 abr
  • 3 min de lectura

Hay algo que confunde mucho cuando una persona empieza a trabajar en sí misma:cree que tiene un problema con el control… pero no sabe exactamente cuál.

Porque no todo control es igual.

Hay personas que intentan controlar lo que ocurre fuera. Y hay otras que viven controlándose por dentro.

Desde fuera pueden parecer lo mismo: exigentes, tensas, poco flexibles, incluso dominantes o frías. Pero por dentro, lo que las mueve es completamente distinto.

Y entender esta diferencia cambia por completo el proceso de sanación.

Dos formas de control que nacen de heridas distintas


Primero voy a definir el control emocional: controlar es intentar que nada te toque donde duele


Hay dos mecanismos muy claros:

1. El control hacia fuera (necesidad de poder)

Necesita una sensación de poder, pero hay que entender que significa esto:

 No nos referimos a poder externo como autoridad o estatus, sino a algo mucho más interno: la sensación de que puede influir en lo que ocurre, anticiparse a las situaciones y asegurar los resultados. Ese “poder” es, en realidad, su forma de sentirse seguro emocionalmente. Cuando lo pierde —cuando algo cambia sin avisar, alguien actúa de forma inesperada o las cosas no salen como esperaba— aparece una vivencia profunda de impotencia, desprotección o incluso traición. Por eso reacciona intentando tomar el mando: no porque quiera dominar, sino porque necesita recuperar la sensación de que la realidad no lo va a desbordar.


Cuando algo no sale como espera, puede reaccionar con enfado, tensión o imposición. No tolera bien la incertidumbre.


El mensaje interno, aunque no sea consciente, es:“Si mando/dirijo/organizo yo, no me fallan.”


2. El control hacia dentro (rigidez interna)Aquí la persona no intenta dominar a los demás. Se domina a sí misma.

Se exige, se corrige, se contiene. Quiere hacerlo todo bien, ser justa, correcta, impecable.

Puede parecer fuerte, equilibrada, incluso ejemplar, pero paga un precio: reprime lo que siente.

Cuando algo duele, lo minimiza. Cuando necesita algo, lo calla. Cuando se equivoca, se castiga.


El mensaje interno es:“Si soy perfecta/, no me hacen daño.”


La diferencia clave (la que casi nadie ve)

La clave no está en la conducta.

Está en lo que la persona está evitando sentir.

  • El que controla hacia fuera no tolera la sensación de pérdida de poder (poder: una sensación interna de dominio sobre la realidad)

  • El que se controla por dentro no tolera su propia vulnerabilidad

Uno explota, proyecta. El otro se endurece.

Uno descarga la emoción. El otro la congela.

Cuando ambas conviven (y esto es más común de lo que parece)

Aquí es donde aparece la verdadera confusión.

Hay personas que:

  • son extremadamente exigentes consigo mismas

  • pero también muy controladoras con los demás

Por dentro: dureza. Por fuera: dominio.

Se contienen… hasta que explotan.Se muestran correctas… pero en lo íntimo pueden volverse muy intensas o dominantes.

Y entonces aparece esa sensación interna tan característica:“No sé quién soy realmente.”

Pero no es incoherencia. Es cambio de estrategia según la herida que se activa.

La pregunta que lo aclara todo

Si quieres saber qué está gobernando en ti ahora mismo, no mires tu comportamiento.

Hazte esta pregunta:

¿Qué me da más miedo?

  • ¿Sentirme vulnerable, sensible, emocionado?→ entonces predomina la rigidez interna

  • ¿Sentirme desplazado, engañado o sin control?→ entonces predomina la necesidad de controlar fuera

Y si ambas te resuenan…probablemente llevas tiempo sosteniendo las dos defensas a la vez.


El verdadero problema no es el control


La mayoría de personas intenta solucionarlo así:

  • siendo menos exigente

  • controlando menos

  • relajándose más

Pero eso no funciona a largo plazo.

Porque el control no es el problema. Es la protección.

Lo que hay debajo es:

  • dolor no sentido

  • vulnerabilidad no permitida

  • miedo no reconocido


Cómo empieza de verdad la sanación

No empieza cuando cambias tu conducta.

Empieza cuando dejas de evitar lo que sientes.

Cuando la rigidez empieza a caer:

  • aparece tristeza

  • aparece cansancio

  • aparece sensibilidad

Cuando el control externo se afloja:

  • aparece miedo

  • aparece inseguridad

  • aparece sensación de vacío

Y esto suele asustar.

Porque se interpreta como un retroceso.

Pero en realidad es lo contrario:

no estás empeorando, estás dejando de anestesiarte.


Una verdad incómoda (pero liberadora)

Muchas personas viven con esta creencia:

“Si me relajo, todo se desordena.”

Y durante años, su vida funciona gracias a esa tensión.

Pero llega un punto en el que el cuerpo, la mente o las relaciones empiezan a pasar factura.

Ahí es donde aparece una comprensión dura:

el orden que sostenías… también era una cárcel.


Para cerrar

Cuando te controlas demasiado, te pierdes a ti. Cuando necesitas controlar a los demás, los pierdes a ellos.

Y cuando ambas cosas ocurren a la vez, te quedas sosteniendo una armadura que ya no necesitas… pero que aún no sabes cómo soltar.

La sanación no es volverte más perfecto.

Ni aprender a controlar mejor.

Es algo mucho más simple y mucho más difícil:

permitirte sentir lo que llevas años evitando.

Ahí empieza todo.

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