Sobre mí
- Angélica María Fernández Diéguez
- 9 abr
- 3 min de lectura
Actualizado: 23 may
Hay historias que nacen en lugares muy difíciles.
La mía empezó en una infancia marcada por el miedo, la soledad y la carencia. Crecí en un entorno donde la seguridad no existía y donde el amor, muchas veces, estaba mezclado con violencia. Cuando era niña viví experiencias de trauma que ningún niño debería atravesar. Durante mucho tiempo aprendí a sobrevivir desarrollando defensas, máscaras emocionales que me permitían seguir adelante aunque por dentro hubiera un dolor que nadie veía.
A los 18 años vivía con una sensación muy profunda de absurdo. Sentía que mi existencia era una especie de broma cruel. Había un dolor tan grande dentro de mí que muchas veces intentaba anestesiarlo con drogas. Pero un día, en medio de esa oscuridad, ocurrió algo que cambió el rumbo de mi vida. Escuché dentro de mí una voz clara y profunda que dijo: “Tu vida tendrá sentido si algún día puedes morir satisfecha con la persona que has sido”.
No entendía muy bien qué significaba aquello, pero algo dentro de mí supo que era verdad. Y aunque todavía me quedaba mucho camino por recorrer, esa frase se convirtió en una brújula.
A los 23 años empecé a meditar. Comencé a buscar respuestas en la psicología, en la conciencia, en el trabajo interior. Pero la vida todavía tenía que mostrarme muchas cosas.
Durante años pensé que ya había comprendido mucho sobre mí misma. Creía que estaba avanzando espiritualmente. Hasta que una relación con una persona profundamente narcisista me llevó a enfrentarme con lo más oscuro de mi historia. Aquella relación terminó en medio de un gran maltrato psicológico y de una pérdida devastadora: perdí un embarazo y con él el sueño de ser madre.
Ese momento fue uno de los más duros de mi vida.
Pero también fue el momento en que, por primera vez, miré de frente una herida muy antigua que llevaba conmigo desde los tres años: el abandono de mi padre. Era un dolor tan antiguo que ya se había vuelto invisible para mí. Había aprendido a vivir con él sin verlo.
Fue entonces cuando comprendí algo esencial: muchas veces no vemos nuestras heridas más profundas porque hemos construido toda una vida alrededor de ellas.
Ese descubrimiento marcó el inicio de un trabajo interior muy profundo. Durante más de veinte años he recorrido un camino de terapia, estudio y conciencia. He estudiado y pasado por mi carne la psicología transpersonal, el eneagrama, las heridas emocionales de la infancia, y sobre todo he aprendido algo fundamental: que el verdadero poder de una persona empieza cuando deja de poner su vida en manos de otros y empieza a mirarse con honestidad.
Cuando dejamos de luchar contra nuestra historia, empezamos a transformarla.
En ese proceso descubrí algo que hoy guía mi trabajo: cada herida puede contener un don, y en muchos conflictos puede esconderse un tesoro.
Mi vida cambió. Dejé de reaccionar desde el dolor. Empecé a vivir con más paz. Aprendí a relacionarme de forma más consciente, a no buscar amor para llenar vacíos, a tratarme con más compasión.
Hoy no acompaño a otras personas desde la teoría. Lo hago desde la experiencia real de haber atravesado mi propia oscuridad y de haber encontrado en ella una puerta hacia la conciencia.
Porque he comprendido algo muy simple y muy profundo: aquello que no miramos nos gobierna. Pero aquello que somos capaces de comprender… puede transformarse.
Después de más de veinte años de trabajo interior comprendí algo que cambió mi forma de ver la vida.
Las heridas que intentamos esconder durante años suelen convertirse en las fuerzas invisibles que dirigen nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra forma de ver el mundo.
Pero también descubrí algo profundamente esperanzador: cuando tenemos el valor de mirar esas heridas con conciencia, pueden transformarse en comprensión, en sabiduría y en una forma nueva de vivir.
Hoy acompaño a otras personas en ese mismo proceso.
No porque tenga todas las respuestas, sino porque conozco el camino de atravesar el dolor y volver al centro de uno mismo.
Y si hay algo que mi historia me ha enseñado es esto:
que incluso las vidas que empiezan en la oscuridad pueden convertirse en un camino de conciencia, de dignidad y de verdad.
Sanar no es olvidar el pasado, es comprenderlo para dejar de repetirlo.




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